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“No comprendo por qué mi vida te afecta como para que me odies”: hablan las víctimas de los atentados de Nueva Zelanda un año después

Desde arriba izq: Tony, Mo-mo, Siham, Mulki, Sara y Sam, víctimas del atentado de Nueva Zelanda. © The Mosques of Christchurch

Desde su lucha diaria por “volver a la realidad” a su llamamiento al diálogo y a la convivencia, así viven y piensan los supervivientes de los atentados contra las mezquitas de la localidad neozelandesa de Christchurch un año después.

“Hoy mismo estaba haciendo senderismo, recordé algo y pensé: ‘Tengo que decirle eso a Papá cuando vuelva a casa’”. Sara Qasem no se puede hacer a la idea de que hace un año perdiera a su padre, Abdul, en los atentados contra los fieles de dos mezquitas en Christchurch (Nueva Zelanda). El 15 de marzo de 2019 un terrorista quitó la vida a 51 personas e hirió a otras 48 por ser musulmanes*. Al igual que para Sara, otras víctimas y otros miembros de las parroquias islámicas atacadas siguen luchando por volver a una vida “normal”.

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“Me disparó por la espalda. Enseguida caí al suelo y pensé que iba a morir”. Lo cuenta Mohammad Shamim Siddiqui, conocido como Sam. Aquel día había roto una ventana de la mezquita Al Nur y había conseguido salir al exterior. Justo estaba hablando con su mujer por teléfono para decirle que no estaba herido cuando recibió el disparo. Ella lo oyó todo.

“Yo había conseguido salir por la parte de atrás. Después de que el tirador disparara a todo el mundo, se fue a su coche a por otra pistola. Pensé que posiblemente se había ido y salí de mi coche. Me disparó por la espalda y me en el brazo. Caí inmediatamente y se me cayó mi teléfono”, recuerda Sam. Lo hace en uno de los vídeos con testimonios que han facilitado las mezquitas de Christchurch a través de la web oneyearon.org, que significa “un año después”. Sam pensó que iba a morir. Mientras estaba tendido en el suelo, llegaron dos agentes de policía y le dijeron: “Arriba las manos”. Cuando explicó que no podía levantar las manos porque estaba herido, le preguntaron si podía caminar. Sí podía, así que le cubrieron para acompañarle hasta la calle.

Este taxista de 59 años con dos hijos era el único con ingresos en su casa, pero desde los atentados contra las mezquitas Al Nur y Linwood de Christchurch (Nueva Zelanda), no ha podido volver al trabajo. Ahora recibe ayudas del Estado. Hace poco su familia y él se reunieron con la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, cuya respuesta a aquel ataque fue alabada en todo el mundo. “Abrazó a mi hija, abrazó a mi mujer. Es una mujer con tan buen corazón… Eso es amor, ¿sabe? Eso es (decir) ‘todo el mundo es igual’: humano”, agradece Sam.

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern (primera a la izquierda), saluda a fieles musulmanas a su llegada al rezo del 13 de marzo de 2020 por las víctimas. © John Kirk-Anderson Stuff

Mulki tiene 19 años. Dice que no cree que pueda volver a ser la misma nunca más. “Estos días el tema va a ser ‘un año después’, pero para mí es… cada día desde el 15 de marzo (del año pasado) pasando por lo mismo (…). Cada día es una lucha volver a la realidad, volver a hacer vida normal”, confiesa Mulki. Su madre y ella salieron corriendo descalzas del templo, probablemente como tantas otras personas que habían acudido al rezo del viernes y se habían quitado los zapatos al entrar para orar en la mezquita. Su padre también sobrevivió. Mulki cursaba primero de carrera en aquel momento y dejó los estudios apartados durante 6 meses. Reconoce que un año después su familia y ella “siguen sobreviviendo”.

“Cada día es una lucha volver a la realidad, volver a hacer vida normal”

La islamofobia que llevó a aquel atentado está marcando su vida. Ya no se siente segura en un grupo grande, tampoco camina segura “con la identidad” que tiene como musulmana visible, pues lleva velo. “El odio es un sentimiento tan poderoso (…). No puedo comprender por qué yo, Mulki, que llevo velo o voy a la mezquita, pueda afectar a alguien (…). Simplemente no puedo comprender por qué mi vida personal te afecta a ti”.

Cada vez que intentaba contar a alguien lo que le pasó aquel día, acababa siendo ella la que tenía que consolar a quien la escuchaba. Pero Mulki necesita que se conozca “la cruda realidad” de lo que allí sucedió: “Recuerdo vívidamente cómo el imán estaba hablando sobre el trabajo en equipo, pero antes de que pudiera siquiera introducir el tema, recuerdo aquel fuerte sonido (…). No sabía lo que era, estaba en (estado de) negación todo el tiempo. Miré a mi izquierda y vi a gente levantarse y empezar a entrar en pánico. Y todo esto paso en cosa de segundos, pero sentí como si el tiempo parase por un momento. Me levanté y vi a mi madre con miedo en los ojos, y recuerdo que gritaba mi nombre: ‘Mulki, ven aquí’. Me tomó de la mano y solo recuerdo un tropel de gente, no recuerdo caras. Todo se nubló durante el tiroteo”.

“El odio es un sentimiento tan poderoso… No puedo comprender por qué yo, Mulki, que llevo velo o voy a la mezquita, por qué mi vida personal te afecta a ti”

Llegó a la calle descalza, los coches pasaban y ella seguía confusa, sin saber qué era aquel ruido, por qué corrían todos y por qué estaban aterrorizados. Siguieron corriendo, y recuerda como “aquella amable mujer abrió su puerta y nos dijo: no es seguro fuera, pasad adentro”. Sin hacer preguntas. Entonces el tiroteo cesó. “Estábamos en la casa de una desconocida, descalzas y con miedo”.

Mulki no paraba de llamar al móvil de su padre, que no descolgaba. Al mismo tiempo, sin poder comprender lo que sucedía, lamentaba haberse dejado la mochila con su portátil y las cosas que necesitaba para un trabajo de la universidad que debía hacer aquel fin de semana. Comenzaron a saber por el telediario en casa de aquella desconocida que había 9 muertos. Pero Mulki no se lo podía creer.

‘Compartiendo el islam con la humanidad, razonamiento, amor’ rezaban las camisetas de estos feligreses en el rezo en homenaje a las víctimas un año después. © John Kirk-Anderson Stuff

Al fin su padre llamó de vuelta. “Sonaba completamente normal. En ese momento yo no sabía que (el terrorista) le había disparado. Me preguntó si estábamos bien. Dije que sí y colgó”. Supo que su padre había recibido un disparo cuando una enfermera la llamó cuatro horas después. Estaba cosiendo la herida. Más tarde, su madre y ella irían a recoger a los dos hermanos pequeños de Mulki, que estaban en el colegio cuando sucedió todo. Su padre está “completamente recuperado” físicamente, pero el miedo no ha abandonado a Mulki.

“Ves a alguien asiático, y no piensas que tenga coronavirus. ¡Vamos, hombre! Si ves a un musulmán… no están a punto de hacerse explotar: confía en mi, yo vivo con esta gente”

Mo-mo tiene 22 años y justo el día del ataque cambió su plan habitual de ir a la mezquita. Vive en Christchurch desde los 4 años y cuenta que le “encanta” su ciudad y hacer deporte. “Lo que nos intentan enseñar las religiones y lo que nos enseñan en el colegio como neozelandeses, o al menos lo que nos deberían enseñar, es que el amor y la felicidad son como un perfume: si lo rocías sobre otras personas, lo rocías sobre ti mismo”, comenta Mo-mo con una sonrisa, al recordar lo que leyó en un libro durante su infancia. “Y el odio es como un cáncer”, añade.

Lamenta que en un mundo tan conectado estemos tan desconectados de quienes nos rodean y no conozcamos el nombre de nuestro vecino. “No juzguéis a la gente; en el islam tenemos el concepto de tener la mejor opinión de la gente. Ves a alguien que es africano, y no piensas que sea un ladrón. ¡Vamos, hombre! Ves a alguien asiático, y no piensas que tenga coronavirus. ¡Vamos, hombre! Si ves a un musulmán… no están a punto de (hacerse) explotar: confía en mi, yo vivo con esta gente”, ríe este joven sin poder terminar de creerse los prejuicios.

“No estaba allí. Me sentí inútil y en el lugar erróneo”

Tony Green, también conocido como Jamaal, estaba en Sidney (Australia) el día de los atentados. “Me sentí inútil y en el lugar erróneo”, cuenta ahora ante la cámara de las Mezquitas de Christchurch, que han recopilado estos testimonios de cara al primer aniversario de la matanza islamófoba. Por eso, este hombre – que pertenece desde hace más de 20 años a la comunidad musulmana de Christchurch- se ofreció entonces a ser el responsable de la comunicación con la prensa, y aún hoy se encarga de la tarea. Pero no quiere erigirse en el único portavoz: “Sé que es imposible hablar adecuadamente o con autoridad sobre el dolor personal y la pérdida de cualquier otro individuo”.

Lo primero que le viene a la mente Sara Qasem cuando piensa en su padre fallecido es su “enorme sonrisa”. A esta profesora de instituto de 24 años, le gustan el yoga, los idiomas, escalar y hacer senderismo. Cada día recuerda a su padre, Abdelfattah Qasem. “Cuando recuerdo a mi padre, Abdul, como le conocían sus amigos, recuerdo a un hombre de un valor y coraje completos. Un hombre que podría haber abandonado las estancias de la mezquita Al Nur en uno de los días más oscuros de Christchurch, pero en lugar de eso, eligió quedarse para salvar a sus amigos, sin saber que aquellos momentos serían los últimos”. Quedaron tres hijas huérfanas y su mujer, Siham Alsalfiti.

“Si todos fuéramos iguales, sería muy aburrido, ¿verdad?”

“El año pasado fue muy difícil para nosotras. Es ahora cuando empiezo a entender lo que pasó”, explica Siham, orgullosa del acto heroico de su marido. A pesar de su pérdida cuenta que “lo que pasó nos hizo comprender que hay un odio escondido, pero al mismo tiempo hay un gran amor, hay apoyo. La mayoría mostró amor, que les importaba, nos mostraron que somos uno, y que todos somos seres humanos. Bajo la piel, todos tenemos lo mismo: sangre. Eso es lo que lo hizo un poco más fácil para nosotras”. “Si todos fuéramos iguales, sería muy aburrido, ¿verdad?”, plantea la viuda de Abdul. Ella pide a todo el mundo, no musulmanes y musulmanes, que “salgan de su zona de confort” y se conozcan los unos a los otros.

*Salam Plan no menciona en este artículo el nombre del terrorista autor de la masacre por expreso deseo de las comunidades musulmanas atacadas.

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